Quién tiene vergüenza…

Escrito por Marié

28 de diciembre de 2021

Tengo siempre en mente una frase que mi abuela Carmen me decía muy habitualmente. Es un refrán que comienza así: quién tiene vergüenza… Seguro que sabéis cómo termina.

Mi primera morada al nacer fue la casa de mis abuelos paternos. De aquella época tengo infinidad de fotografías que me hacía mi tío Pepe, el pequeño de los hermanos de mi padre.

En todas ellas aparezco rodeada de mis primos.

Recuerdo una infancia con ellos totalmente feliz, tenía siete primos cuando nací, Maricarmen, Magdalena, Julián, Loli, Antonio, Pepi y Carmen.

Un año después nació mi eterna compañera, mi hermana, y después mis cuatro primos pequeños, Magdalena, Paco, Maricarmen y Julián. Trece en total.a

Pasábamos los fines de semana y las vacaciones acompañando a mis abuelos.

Les visitábamos en su casa o disfrutábamos de su compañía en el río, rodeados de primos, unos días íbamos unos, otros días otros, en alguna ocasión coincidíamos todos, provocando en mi un precioso sentimiento de vivir en fiesta.

En otras ocasiones también nos acompañaban  primos de primos… amigos… todo el mundo era bien recibido y todo era felicidad…

No necesitábamos mucho para divertirnos: Que el abuelo nos dejase regar el huerto, que la abuela nos mostrase como coger los frutos, entretener nuestro día por la chopera frente a la casa.

Jugar entre sus inmensos arboles con el barro que se formaba al llover.

Bañarnos en el río teniendo cuidado con los patos salvajes; coger moras, ir a las granjas de alrededor, ir al manantial a por agua…

Ayudar a preparar la comida con los frutos de la huerta, participar en la preparación de algún conejo que habitualmente le traían a mi abuela.

En fin, diversiones que hoy no entenderían nuestros hijos, pero que a mí me parecen entrañables y las recuerdo con inmenso cariño.

Yo era pequeñaja, chinchosa y llorona, pero las personas que me rodeaban me conocían y me querían, no se reían de mis enfados, ni de mis lágrimas.

Así que mi infancia era feliz.

Y lo fue debido, en parte, a esta gran familia y a los amigos del barrio.

Yo me consideraba afortunada,  nada me hacía desconfiar, ni sentir vergüenza.

Me sentía querida, aceptada y segura, nada podía dañarme.

Pero todo cambió con mi comienzo en la escuela.

Mis padres me dejaron allí, en un colegio pequeño no muy lejos de casa una mañana, y cuando se dieron la vuelta, yo escapé corriendo para regresar con ellos.

Supongo que conocería el camino, pero no pude comprobarlo porque mis padres se escondieron tras una tapia y me devolvieron de nuevo a aquel desconocido lugar.

El primer año no fue muy malo, tuve varias amigas, entre ellas, recuerdo especialmente a dos, ambas se llamaban Susana.

Una morenita y divertida, la otra pura alegria. Mi vida era feliz en su compañía, si cierro mis ojos todavía puedo ver sus rostros, no obstante una de ellas se fue a otro colegio y la otra a vivir a Sevilla… Se marchó mi seguridad.

Al año siguiente, me sentía sola, y debido a mi carácter chinchoso y llorón comencé a ser el centro de las burlas de algunos de mis compañeros.

Casi todos me insultaban, se reían, me daban empujones, y esto me acarreó algún problema físico emocional, como incontinencia urinaria. Otra causa más para ser el centro de las burlas.

No recuerdo si las burlas también se las hacían a algún otro compañero, supongo que si, entonces estas situaciones eran más habituales. Pero yo tenía bastante con encontrar el suficiente valor para regresar allí a diario.

Ni siquiera me atreví a decir en mi escuela que todo el mundo me llamaba Marié. Así que ellos siempre me llamaron Esperanza, (precioso nombre, pero desafortunadamente yo lo asociaba a mi dolor). Agradezco a mi compañero de camino, Edu, y al amor con el que me llama Esperanza o Esperancita, porque ha sido el que lo ha recuperado para mí.

Cuando mi hermana comenzó a ir igualmente al colegio, me defendía. Cuando me veía arrinconada y sola, o caída en el suelo y llorando, venía precipitadamente a dar la cara por mí.

Yo no era eficaz, y mi sentimiento era tal que no encontraba los recursos necesarios ni la forma de buscar el suficiente coraje de hacerlo yo misma.

Me sentía «tan pequeña» en aquellos años y en esa situación tan surrealista para lo que yo conocía, que no encontré la manera de hacerles frente.

Además, aunque no todos los compañeros se metían conmigo, algunos más se reían y el resto no hacía nada.

Se convirtió en costumbre y todos se acostumbraron, incluso yo.

Los profesores eran tan culpables o más, ya que nadie se escondía para tratarme así, y no hicieron nada para que la situación cambiase.

Desde entonces asocié la palabra maestro a esa sensación de abandono e inseguridad.

Tuvieron que pasar bastantes años para que volviese a confiar en alguna persona dedicada a esta preciosa profesión.

Desde siempre y fuera de allí, mi vida era feliz y divertida, así que, antes de estas situaciones y mientras no estaba en el colegio, no conocía la palabra vergüenza.

Esas vivencias dieron lugar a que comenzase a entrar en mi vida esta palabra limitante, y desde entonces formase parte de mi vocabulario.

No sabía que era lo que hacía mal, o cuál era la causa de aquella situación, así que me preguntaba a diario que sería.

¿Podría ser mi forma de vestir lo que causase ese acoso? Aprendí a preguntarle a mi vergüenza que ropa debía utilizar, y fuese lo que fuese me causaba fealdad a ojos de ellos.

También me preguntaba ¿Será mi cuerpo el que les provoque insultarme? Mi vergüenza volvía a susurrarme, y cuando salíamos a la piscina o a alguna excursión con baño, no me mostraba…

¿Quizás fuese mi voz o mi manera de hablar? Mi acompañante eterna se comenzó a sentir cómoda en mi compañía y aprendí a preguntar a mi vergüenza antes de hablar, teniendo cuidado y pensando cada cosa que pudiese decir.

Y a fuerza de sentir vergüenza, ni siquiera hablaba a mis profesores, por llamarles algo; y si algo me ocurría, no les decía nada, no me sentía protegida por ellos.

Tampoco decía nada sobre mis acosos a nadie fuera del entorno del colegio, creía que si algo decía, el resto del mundo vería en mí lo que ellos veían y mi situación podría extenderse más allá de esos muros.

Mi pequeña artista interna ya estaba presente en mí, me refugié en ella y dibujaba todo lo que veía.

No se me daba mal, incluso tuve el valor de presentarme a un concurso de varios colegios, el premio ganador conseguiría una moto…
… Fui el primer premio, y cuando fuimos a recoger mi recompensa, mi dibujo había desaparecido de su lugar. Mis profesores nos lo comunicaron. Nada se podía hacer.

Otra vez me engullía la vergüenza, además de un montón de sentimientos a los que no supe poner nombre.

Pero desde la distancia puedo decir que una profunda decepción, impotencia y una gran tristeza.

Pasaron unos días y yo misma encontré mi dibujo en el pasillo del colegio, arrugado, manchado y roto… Me hizo sentir más avergonzada, si cabe, pero ya pasó a ser vergüenza ajena, y una desconfianza total en la mayoría de personas.

Agradezco enormemente no sentir nunca odio, sino pena. Pena que actualmente vuelve a aparecer en mí cuando me cruzo con alguna de las personas que, durante mi infancia y el comienzo de mi adolescencia, se ocuparon de hacerme sentir así.

En muchos de ellos veo que les sigue acompañando su pobreza mental y las consecuencias de muchos comportamientos erróneos.

Yo era muy alegre, bailona, risueña y enormemente cariñosa fuera de ese entorno. Me preguntaba si ¿sería dos niñas diferentes viviendo dos vidas opuestas en un solo cuerpecito?

¿Por qué mi vergüenza no me permitía, ni siquiera, preguntar lo que no entendía?, no me permitía siquiera jugar.

Allí dejé de cantar y reír, ni siquiera mostraba el daño profundo que me infligían, únicamente veían mis lágrimas.

No opinaba, no pedía ayuda, estaba bloqueada y supongo que pensé que era el precio a pagar por tener una vida totalmente plena fuera de aquel lugar…

Durante el tiempo que estuve allí y mientras estaba en sus instalaciones o en compañía de alguno de mis compañeros:

Dejé de bailar, de reír a carcajadas, de preguntar lo que no entendía, de opinar lo que pensaba, de decir que no, de decir que sí, de compartir lo que sentía, de pedir ayuda, de ponerme faldas, de tomar mi desayuno acompañada, de llorar en la calle, de ir sin sujetador, de maquillarme, de quejarme, de ir a los viajes culturales del colegio, de salir sin maquillar, de usar esa ropa que decían que no me sentaba bien, de llamar a quien echaba de menos, de bajar a la calle peinada o despeinada, de tomar la iniciativa, de mostrar mi inteligencia, de presumir, de estar orgullosa… de admitir que estaba atemorizada. Nada de mi verdadero yo salía al exterior.

Tuve que soportar esta situación durante los 10 años que duró mi estancia allí.

Incluso me compusieron una canción que escuché hasta los catorce años, momento en el que terminaron mis estudios de E.G.B. y mi infelicidad.

¡Recuerdo la letra a la perfección después de treinta y tantos años!

Necesitaban hacerme sentir vergüenza…

Con la costumbre de sentir esa losa enorme de vergüenza, reflexioné que nunca acabaría, mientras estuviese allí.

Y, a base de sentirme cada día más avergonzada, entendí que mi vergüenza, en ese lugar, nunca iba a sentirse saciada.

Fuera de esos muros era «sinvergüenza,» como yo soy y como todo el mundo, que se preocupó de conocerme, sabe.

¡Así que busqué a mi sinvergüenza interna!

Y allí estaba, detrás del refrán que mi abuela me decía a diario.

Ella leía en mí, y creo que me lo decía para ayudarme sin tener que preguntarme nada. Veía mi sufrimiento y no quería hacérmelo recordar.

¡Gracias siempre abuela Carmen!

A la Marié sinvergüenza le costó un poco salir, le daba vergüenza.

Pero lo consiguió.

¿Como?

Sacándome a bailar, haciéndome dúo al cantar, saliendo conmigo a la calle con la cara sin lavar, animándome a hablar, a ignorar las cosas que me deberían avergonzar…

 

Y  si esa pequeñaja, no tenía vergüenza fuera de aquellas penosas situaciones, la adolescente, la joven, la hija, la amiga, la hermana, esposa y madre en la que se fue transformando dejó de tener tiempo para sentir vergüenza en ninguna situación.

 

Nada merecía sentirla.

 

Y con este sentimiento, desde bien pequeña y cuando estaba fuera de esa cárcel, aprendió a que le diese igual lo que el mundo pensase sobre ella, lo que dijese.

 

Aprendió a ignorar las opiniones y los juicios.

 

Y cuando salió de allí, redescubrió el mundo que la rodeaba. El era totalmente distinto cuando no estaba con aquellas personitas crueles que crecieron con ella.

 

… Un mundo de color… la amistad brindada por amigos del barrio, del pueblo… el amor.

 

Descubrió que muchas cosas de las que la intentaron convencer, eran mentira. Esas personas produjeron en ella un daño profundo, que afortunadamente, fue diluyendose a fuerza de comprensión, perdón y amor.

 

Recuerdo a la perfección el nombre y apellidos de todos vosotros, todos los que necesitasteis hacerme sentir inferior para ser superiores.

No os preocupéis si os veis reflejados en esta triste historia, no voy a decirlos.

A pesar del sufrimiento causado, os doy las gracias, porque formasteis parte de las vivencias «buenas y malas» que forjaron a la Marié que hoy soy.

Participasteis en que creciese  enormemente mi fortaleza actual, en que casi nada pueda hacerme daño, en que no sufra por cosas superfluas. Me empujasteis a ser defensora frente a cualquier injusticia y a amar profundamente a mis seres queridos.

¡Gracias!

Y  si alguno de vosotros, por casualidad me lee, solo deseo que no tengáis que ver sufrir en ninguno de vuestros descendientes algo como lo que vosotros causasteis.

Aún así, que la vida os haga recordar lo que hicisteis.

Que ella os ayude a crecer y de esa manera enseñar a vuestros hijos a no hacer lo mismo que vosotros…

Y a pesar de vuestros comportamientos conmigo, que seáis bendecidos y tengáis la conciencia tranquila.

Pero por encima de todo, doy las gracias a todos mis amigos y a mi familia que, fuera de ese entorno, hicieron que en mi vida hubiese el equilibrio necesario para no tirar mi toalla.

Debido a ello, y a que en el resto de situaciones de mi vida era totalmente feliz, me conformé con vivir en ese continuo acoso.

Así que en mi casa no lo supieron, nunca quise contar nada.

Cuando ya salí de allí fue cuando mis padres tuvieron conocimiento de mi secreto y se les partió el corazón.

Eso fue para mi mas doloroso que mi propio dolor.

 

¡Hoy mi deseo es que estas situaciones no se repitan más, que los niños y adolescentes puedan serlo sin sentirse rechazados y atacados!

¡Es una de las etapas más bonita y más difícil, y merece ser vivida intensa y felizmente!

¡Pido al mundo entero que lo haga posible!

¡Que los padres eduquen en el amor en cada hogar, y que en los colegios, los niños sientan seguridad!

 

Aprendí mucho de esas vivencias y…

¡…desde entonces y en adelante, mi principal ocupación es vivir!

 

 

¡Namasté!

6 Comentarios

  1. Alfredo g r

    Felicitaciones escribes muy bien Tiene talento , Te estan esperando muchos Exitis

    Responder
    • Marié

      Muchas gracias.

      Que bonitas palabras y bonitos deseos, te lo agradezco y me alegro mucho de que te guste.

      Saludos.

      Responder
  2. Yolanda

    Cada tropiezo que nos da la vida nos hace más fuertes.
    Y esa fuerza la tienes ahora.
    Sigue reflejando en cada texto tú pensamiento.
    Me encanta.

    Responder
    • Marié

      Cómo siempre, gracias por tus palabras y tu confianza. 😘

      Responder
  3. MariToñi

    Marie, como siempre sabes expresar con la palabra, todos los sentimientos, bonito y triste. Yo a la vergüenza (esa compañera), siempre le pregunto, siempre me dió y me da ordenes, que yo siempre acato.

    Responder
    • Marié

      Muchas gracias. Pues mi consejo, hacerle caso a ese refrán que siempre me decía mi abuela Carmen. O al menos intentarlo, no dejar de vivir experiencias por ese impedimento… 😘

      Responder

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