Cuento la vendedora de sueños

Escrito por Marié

23 de abril de 2021

La vendedora de sueños

 

Esta es la historia de una vendedora de sueños.

Si te preguntas qué profesión es esta, cuánto se gana, te puedo responder con una sola palabra, Felicidad.

Ser vendedora de ilusiones equivale a decir vida, libertad, sonrisas, llantos, emociones… Así vivía yo mi existencia.

Un sueño es un entretenimiento para un aburrido, una locura para un cuerdo, una esperanza para un desesperado.

A mi alrededor crecía una inmensa red de afiliados al mundo de la fantasía. Nada se perdía por probar a soñar.

Si nuestro sueño se hacía realidad, disfrutaríamos todos de su realización.
Si por alguna razón no ocurría nada, nos podríamos quedar con los momentos de ensoñación que nos dejaron una dulce sensación.
Este sueño incumplido quedaría suspendido en el baúl de las fantasías no creadas dentro de nuestra memoria, y con el paso del tiempo quedaría sembrada la duda de si realmente ocurrió o no.

Yo era la pequeña vendedora de sueños que día a día se enfrentaba a la decadencia de seres melancólicos y tristes.

Podía crear sueños de cualquier cosa, tenía bastantes recursos para ello, una mirada, un roce, un sonido.

Un amanecer de primavera, en uno de mis paseos, perdí el saco donde guardaba las ilusiones. Todas desaparecieron, no me quedaba ninguna.

Salí de casa y comencé a caminar por las calles atestadas de personas que se sentían solas.
Personas monótonas que se cruzaban con la mirada perdida en ningún sitio.

A su alrededor todo cubierto de barro y piedras que servían de asiento a numerosos niños con los corazones vacíos de fantasías, de esperanza y de inocencia.

La cruda realidad se extendía ante mis ojos, inclemente y altanera, desafiándome por haber intentado escapar a ella usando los altos vuelos de la imaginación.

No podía escapar al castigo de la perdida, antes mi saco estaba lleno de amor y compasión, de justicia y sabiduría. Intenté escapar a la realidad de esta perdida, cerré los ojos, forcé mi mente a recordar y solo encontré oscuridad, mi esperanza estaba vacía también, solo podría ofrecer datos vanos, humo… mentiras.

Me pregunté que podría dar si no encontraba mi saco, a quien podría ayudar. Todo daba vueltas en mi cabeza, preguntas sin respuesta.

Ahora quien soy yo, a donde puedo dirigirme con este agujero en mi corazón. Si no tenía sueños que ofrecer, como podría ayudar a los demás. Intenté buscar y fui llenándome de amor, ilusión y fe, y de repente una idea invadió mi mente. Salir desde la idea de mi saco vacío hacia el exterior.

Bajé al garaje, subí a mi coche y comencé a conducir. Desde el pueblo hasta la capital, y después un poco más lejos. Dirección norte, camino a esas montañas que delimitaban poblaciones, mentes y seres humanos…

Mi mirada vagaba de los árboles vencidos por la fuerza del viento a las bolsas de plástico que sobrevolaban los sembrados.

Abrí la ventanilla para disfrutar de los aromas que me traían recuerdos no muy lejanos, volví a mi niñez.

Aroma limpio y fresco a azahar, jazmín, perfumes de inocencia.

En el cielo las nubes se iban agrupando y el paisaje comenzó a cambiar.

Salí por una bifurcación y fui adentrándome en una zona con ruinas antiguas, quizás romanas, cubiertas de musgo. Que con la sensación pesada en mi corazón parecían acorralarme.

Un poco más adelante el camino comenzó a elevarse hacia una majestuosa montaña que acunaba un pequeño pueblito entre sus brazos. Aparentaban formar parte de ella, las construcciones parecían emerger de sus entrañas. Los colores eran semejantes, las formas tenían continuidad. Sentí que me atraía sin dejar opción a que la rechazara, así que me deje llevar por su llamada.

Cuando llegué, vino a mi recuerdo que allí habitaba un hombre que conocía desde hacia tiempo.

A este hombre le había vendido la ilusión de que en otra vida fue poeta y poemas antiguos salían de entre sus labios. Pregunté a los vecinos del pueblo y un hombre con el cabello dorado como el sol, me condujo a su casa.
Al entrar en ese refugio rodeado de frondosos árboles y plantas en flor, sentí una profunda paz. El idílico patio era un vergel exótico y relajante, libre de sobriedad. Apenas conocía a esta persona, pero su voz, su gesto y su mirada me hacían sentir tranquila.
Mi condujo a una habitación en la planta superior después de saludarme. Me dijo que descansara un poco antes de la cena, sin mantener más conversación. Solo me dijo – Bienvenida.-

Parecía una persona con una gran intuición y quizás pudo ver mi corazón afligido.

Después de descansar unas dos horas, baje al espacioso salón. Percibí el cambio, mis manos se cruzaban entre mis piernas, no temblaban, no jugaban con objetos, estaban apacibles y serenas. Lentamente la mesa del salón comenzó a llenarse de personas, sus hijas, su esposa que con tono alegre me saludaron e igualmente me dieron la bienvenida.

Solían tener periódicamente reuniones con vecinos ilustres del pueblo para hablar de cultura, música… arte.

Mágicamente la mesa comenzó a estirarse para acoger gran cantidad de suculentos platos, refrescantes ensaladas, cremas, patatas, palitos de zanahoria, carne guisada, berenjenas y frutos secos. Mi boca se hacía agua, mientras mis ojos observaban a los demás comensales que seguían apareciendo por arte de magia.

De entre los presentes, alguien se levantó y se dispuso a tocar un laúd. Una mujer cerró sus ojos y de su garganta surgieron sonidos inmensamente tristes, sonidos de separación, dolor, luchas.

Los presentes comenzaron a dar palmas acompañando al viejo laúd, mientras el vino regaba nuestras gargantas.

Sin saber como, me encontraba en un círculo en el que no existían el espacio ni el tiempo.

Las emociones surgían del interior de todas las personas reunidas, de forma salvaje, pura, sin miedos. Todas las emociones mezcladas, tristeza, impotencia, rabia, pero también alegría y amor bailaban entre nosotros.

Sentí que de mi interior emergía una fuerza creativa, un fuego antes extinguido y comencé a cantar.

Todos los presentes me solicitaron que expresara en mi idioma aquel poema, aquel dolor, aquella historia.

Cerré mis ojos y mi corazón se liberó, comenzó a salir todo lo que había tenido encerrado durante años en mi interior a través del sonido. Comencé también  a llorar con tanta fuerza que nadie diferenciaba si el quejido era palabra o la palabra quejido. Pocas personas conocían mi idioma, pero el alma no encuentra diferencias, cuando abrí mis ojos, todas sus miradas me abrazaron.

Por la mañana cogí una pluma y una hoja en blanco y me entregué a ella, garabateando mis pensamientos.

De pronto, un cuento nació.

La vendedora de sueños había conseguido volver a llenar aquel saco de ilusión y de esperanza.

Aprendí que cuando inhalas sin haber soltado primero todo el aire, comienzas a ahogarte.

El otoño llegó, dejando caer la primera hoja.

– Adaptación de Lola Despertares

Reflexión

Miedo, ansiedad, crisis, apego, estrés y un sin fin de sentimientos pesados forman parte de nuestras vidas. Se ha vuelto algo cotidiano que nos rodea y repercute en nuestro día a día, nos vuelve grises.

Aunque somos conscientes de ello, nos hemos acostumbrado y nos parece normal, viendo los tiempos que nos ha tocado vivir lo hemos aceptado.

Pero, ¿Qué pasa con nuestros sueños? ¿Hemos dejado de soñar?

Afortunadamente no todos caemos en este estado ausente. Algunas personas mantenemos nuestra esperanza en que las cosas que deseamos y las aspiraciones que tenemos no son imposibles. Y se trata de eso, exprimir nuestros sueños, confiar en ellos, confiar en nosotros, luchar por conseguirlos y hacerlos realidad.

Debemos luchar contra el saco vacío, pero no por la fuerza. Debemos romper los miedos para poder seguir soñando, acercarnos de nuevo a la ilusión de que todo es posible.

Después de la tormenta dicen que llega la calma y después de los truenos, los trinos de los pájaros se oyen más limpios.

Es hora de seguir avanzando, marcarnos nuevos objetivos, y dar las gracias por todos lo que ya hemos conseguido sin reparar en ello.

 

¡Cuando tu corazón se llene de temores, abre las alas y vuela a ese lugar donde los sueños se hacen realidad!

 

¡Namasté!

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