Amistad en la distancia

Escrito por Marié

10 de diciembre de 2021

La complicidad en la amistad

 

En los tiempos que nos ha tocado vivir, podemos casi decir, que la amistad en la distancia es lo habitual.

Tengo unos cuantos amigos en la distancia, unos más lejos y otros más cerca, otros un poco más cerca y otros más; casi al lado. A algunos los conocí en el pueblo, a otros en mi segundo pueblo de adopción, a otros más, los conocí en mi lugar de residencia, pero marcharon a vivir lejos… No obstante todos están en mi corazón.

Mis amistades son mi tesoro particular más preciado. Son esencialmente auténticas, respetuosas, características y genuinas. Nunca precisé un lazo de sangre para que formasen parte de mi familia. Sin embargo, también tengo grandes amigos con los que me unen lazos de sangre. Alguno de ellos, que desde mi más tierna infancia, aún permanecen en mi vida, y me gustaría que continuasen hasta que la parca nos separe. ¡Aun sin creer en esa separación!

En esta tarde de finales de otoño, una tarde en la que comenzamos a viajar por diciembre, neblinosa y fría, no he salido de casa. La he aprovechado para escribir, añorando mis tierras lejanas, y también otras tierras lejanas de adopción.

Hay momentos que traen aromas, o melodías, o sabores que hacen añorar a las amistades de siempre. Y no puedo evitar recordar la amistad en la distancia.

¿Quién no recuerda esos momentos de complicidad, esas aventuras compartidas, las primeras salidas a bailar, la primera vez que haces algo que hasta entonces era prohibido…?

Fui entrando, en vuestra compañía, a la edad adulta saboreando los cambios hasta apurar la copa. Vuestra amistad ha sido una parte indispensable para mi crecimiento personal.

Madrugar para bajar al pueblo, desayunar juntas un bocata de tortilla en el bar del salón. Caminar con el frescor de la mañana hasta El Valle para pasear por el jueves, sabiendo que ese frescor durará poco caminando entre la gente.

Desear la llegada de la tarde para salir a pasear, a tomar unas tapitas y después a bailar, pero sobre todo conversar hasta no tener que decir (aunque siempre teníamos cosas que decir)… Y reír.

Intercambiar la ropa para ser otra persona por una tarde… seguir riendo. ¡Complicidad!

Mirarnos y sonreír sin razón, decir únicamente alguna tontería y entendernos, esas risas sentadas en una tapia. Recordar esas carcajadas me reponen la energía inagotable de la primera juventud. Volver a estar con mis amistades causaba que la rutina dejase de serlo.

La amistad en la distancia recuerda a las fiestas en el pueblo. Conducir por los caminos para ir a la piscina de una amiga, porque todos habíamos tomado alguna cerveza de más y quedarnos atascados en un charco en el trayecto… Las carreras por las calles resbalando con la cera de las procesiones… Correr por un callejón estrecho asustadas cuando todas las luces se apagaron de pronto… Asustarnos, también, porque nos seguían unas cadenas a oscuras por la carretera, hasta descubrir que era un cachorro…

Las amistades a distancia traen a mi memoria otras tantas vivencias: ir a ver a la pandilla jugar al baloncesto en el pueblo de al lado… no recuerdo ni como íbamos… Paseos en compañía por el campo a disfrutar de las huertas familiares, mientras admirábamos la belleza del camino. Ir a bañarnos al río usando las enormes cámaras de un tractor, y tener, para ello, que atravesar un antiguo molino casi en ruinas, escondido entre viejos eucaliptos. Salir por la noche a la discoteca de verano y comer unas hamburguesas ya en la madrugada. Aparcar el coche en un banco de arena y como nos las ingeniamos para rescatarlo.

Hay amigos en la distancia que vivían cerca, no obstante, la vida nos alejó. Sin embargo, las vivencias compartidas palpitarán por siempre junto a mi corazón. Tantas tardes de lluvia todos sentados en las escaleras escuchando, casi siempre, las historias que nos contaban los mayores… otras tantas tardes de sol jugando juntos en la calle, otros mediodías aprendiendo a coser en la habitación al fondo del pasillo… crecimos juntos…

Y esos amigos que me regaló la vida ya en la edad adulta, con los que viví y vivo grandísimos momentos, momentos tristes y alegres, pero todos intensos. En común una amistad entrañable y una ahijada maravillosa… siempre presentes.

Todas esas experiencias compartidas en escapadas… unas vacaciones, un fin de semana… un puente.

Nos conocíamos bien y sabíamos la mágica y original forma de ser de cada una. Gracias a esas diferencias únicas he podido aprender infinitas cosas. Sabíamos quien era la más habladora, la más organizadora, la más critica, la más creativa, la más divertida y chistosa y todas tratábamos de aprender de todas. Crecimos juntas, todas llevamos en nosotras algo de las demás, alguna me legó algo más que otras, por ser más afines, pero ninguna dejo un vacío. Aprendí de cada una diferentes formas de enfrentar la vida, gracias.

¿Recordáis aquellos días, en los que estábamos pendientes del correo?, esperábamos expectantes a que el cartero trajese una carta, garantía de que éramos importantes para alguien en la distancia. Esa manera de comunicación ya no forma parte de nuestro actual repertorio. Esas entrañables cartas, esos folios interminables, han sido sustituidas por videollamadas (no quiero quitarle mérito, pues son fantásticas también). Pero antes estaba la magia de la expectación, de lo inesperado, eso ya pasó a otro plano. ¡Como olvidar la amistad en la distancia!

Cuando pensaba en vosotras, crecía la urgencia por saber de vuestra vida, buscaba el momento perfecto para ponerme a escribir, pensaba en anotar todo lo relevante que me había ocurrido desde la última carta. Cosas valiosas para mí, aunque fuesen pasajeras, también proyectos inmediatos, o vivencias tristes. Pero siempre deseando alegraros con la legada de mis noticias. Eran como sorpresas continuas, más mágico. En cada una de ellas nos informábamos de los días que llevábamos sin vernos y los días que quedaban para volver a hacerlo.

Quizás la distancia fuese la causa perfecta para poder contarnos nuestra vida. El tiempo al escribir se detenía, no era rutinario, no era el saludo de hoy, rápido y apresurado, como de compromiso. Entonces era sincero, pensabas el efecto que causarían tus palabras, imaginabas las experiencias contempladas a través de sus ojos. Intentabas percibir como se sentiría al recibir tu carta. Esas cartas conectaban nuestros corazones. Y no importaba que fuese una amistad en la distancia.

Esos testamentos nos permitían poder planear todo lo que deseábamos hacer cuando estuviésemos juntas de nuevo.

Y que decir de las llamadas telefónicas, eran complicadas en mi primera juventud, pues al residir tan separadas, el importe de la llamada era alto, (conferencias creo recordar), así que nos conformábamos con nuestras infinitas cartas.

Parece que cuando las cosas resultan más fáciles y más a nuestro alcance, dejan de llamar nuestra atención y creo que en aquella época estábamos más unidas de lo que hoy podemos estar, a pesar de tener medios más avanzados para sentir la cercanía

Hay ciertas cosas que no puedes hacer con las amistades desde la distancia, no puedes darles un abrazo cuando quieres, no puedes echarles una mano con sus hijos, o quedar a desayunar al comenzar el día, ni puedes ir a su casa improvisadamente a darles una sorpresa, pero si puedes tener siempre presentes los momentos vividos con ellas.

También puedes invocar su recuerdo y pensar que si ninguno de los dos deja que ocurra, nada podrá interferir en esa amistad. Porque son forjadas con amor, conexión, integridad, desinterés, alegría y complicidad.

Aunque el silencio, a veces, es nuestra compañía en nuestra amistad en la distancia, ese silencio nos permite conocernos mejor. Podemos reflexionar y recapacitar más despacio sobre situaciones compartidas, reponer nuestra energía, buscar la paz interior, y una vez conseguido todo, acortar la distancia y volver a unir los corazones.

A pesar de que la distancia puede ser una limitación, aunque interrumpa algunos de los pasos que nos complacería dar juntos, también nos invita a observar más detenidamente la amistad, elegir el momento a compartir, conocer las opciones desde otras perspectivas que solo ofrece la distancia. Estas formas de enfocar la amistad, considero que nos enriquecen, aunque me siguen fascinando las charlas improvisadas cuando nos vemos y retomamos la conversación personal que dejamos a medias en nuestra última visita.

– Fuente de la imagen de entrada tomada de Pinterest.

¡Ya sabéis como opino, somos almas que la amistad unió en el origen del tiempo!

¡Y el mismo tiempo nos volvió a acercar para reanudar juntas de nuevo el camino!

¡Namasté!

 

2 Comentarios

  1. Elvira

    Así es, son recuerdos , momentos imborrables que se quedaron en la retina de nuestros corazones.
    Tan distintos , tan iguales pero la misma amistad y la misma pasión por compartir y seguir creciendo juntos…. Hoy era el día perfecto para hablar de ello .
    Besos mil

    Responder
    • Marié

      ¿Era el día perfecto? ¡Cuanto me alegro!

      Otros mil de vuelta

      Responder

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