Cuentos con lecciones

Escrito por Marié

29 de abril de 2022

La moraleja de los cuentos

 

Hay infinidad de historias que nos muestran como ciertos comportamientos nos pueden ayudar en nuestro camino o, por el contrario, pueden impedir un buen tránsito por él, son los cuentos con lecciones. Aunque todos los cuentos, leyendas, fabulas… traen alguna enseñanza, cada uno tiene diferentes moralejas que podemos adaptar a nuestra vida y que nos pueden ayudar en muchas ocasiones.

Cada uno de ellos nos lleva a una serie de reflexiones sobre situaciones cotidianas que hacemos complejas y a veces son más sencillas de lo que creemos.

¡No tienes que leerlos seguidos!

Pero uno a uno podrás ver que se puede aprender bastante gracias a ellos:

– Fuente de los cuentos: diferentes adaptaciones de historias y leyendas de varias culturas.

El recipiente de la vida

 

Durante una de sus clases, un maestro quería dejar una enseñanza sobre la vida a sus alumnos, su objetivo era que reflexionasen sobre lo que les estaba exponiendo.

 

Permaneció unos instantes de pie frente a todos ellos, caminó hacia su mesa y sacó de su parte inferior un gran tarro que colocó sobre ella. Después tomó unas cuantas pelotas de golf y comenzó a colocarlas de una en una dentro del recipiente.

 

Cuando el tarro estuvo lleno hasta arriba y no podía introducir más pelotas, preguntó a sus estudiantes:

 

– Chicos, ¿cómo observáis este bote?, ¿consideráis que ya está lleno?

 

Todos sus alumnos pareciera que se habían puesto de acuerdo para responder que sí rotundamente.

 

Entonces les preguntó:

 

– ¿Estáis seguros?

 

El maestro procedió a sacar un cubo lleno de pequeñas canicas de debajo de la mesa. Fue depositándolas también de una en una dentro del frasco y movió este con ellas y las pelotas en su interior. Las canicas fueron colocándose perfectamente en los huecos que había vacíos entre las pelotas de golf.

 

Cuando todas se acomodaron en los espacios vacios, volvió a hacerles la misma pregunta:

 

– ¿Ahora consideráis que el frasco está lleno?

 

En esta ocasión los alumnos ya suponían lo que les diría a continuación y uno de ellos contestó:

 

– Probablemente no.

 

– Exactamente, contestó el profesor.

Sacó de debajo de su mesa otro cubo lleno de arena y comenzó a introducirla en el recipiente. La arena fue acomodándose en los espacios entre las canicas y las pelotas.

 

Cuando el tarro estaba aparentemente lleno con la arena, volvió a preguntar.

– ¿Está lleno en esta ocasión?

 

Ahora los estudiantes pensaron que si, en esta ocasión estaba lleno, ¡ahí no cabía nada más, era imposible!

 

Una vez más, el maestro saco algo de debajo de su mesa, ahora eran unas tazas de cafe que fue vertiendo en el frasco, de manera que cualquier hueco que hubiese entre todo lo que contenía, quedase relleno por él.

 

Los estudiantes reían por la ocurrencia. Cuando dejaron de reír, el profesor dijo:

 

– ¿Cuál creéis que es la enseñanza de esta pequeña demostración?

 

Uno de los estudiantes levantó la mano y dijo:

 

– La enseñanza es que no importa cuán lleno esté tu horario, si lo intentas, siempre podrás incluir algo más.

 

– ¡No exactamente! – replicó el expositor – la enseñanza es que si no pones las cosas grandes primero, no podrás ponerlas en otro momento.

 

– Las pelotas de golf son las cosas importantes, como la familia, los hijos, la salud, los amigos, todo lo que te apasiona. Son cosas tan relevantes que aunque perdiéramos todo lo demás, nuestras vidas aún estarían llenas.

 

– Las canicas son las otras cosas que importan, como la ocupación, el hogar, un vehiculo para tu transporte, etc.

 

– La arena es todo lo demás, las pequeñas cosas. Si llenamos de arena todo el frasco, no habría espacio para las canicas ni para las pelotas de golf.

 

Uno de los estudiantes levantó la mano y preguntó:

 

– ¿ Y en toda esta historia, que representa el café?

 

El profesor esbozó una sonrisa y dijo:

 

– Me alegro que lo preguntes. Solo es para demostraros, que no importa lo ocupada pueda parecer vuestra vida, siempre hay que dejar hueco para tomar una taza de café con un ser querido.

 

– Adaptación

 

 

Enseñanza de esta historia:

Nuestro estilo de vida está diseñado de tal forma que vivimos en una especie de bucle acelerado.

Nuestras horas no son suficientes para llevar a cabo todos nuestros planes.

A veces no nos paramos a pensar en lo verdaderamente importante y actuamos con el piloto automático activado, dando preferencia a las cuestiones menos relevantes.

Esta historia es una metáfora sobre las prioridades, y su objetivo es hacer reflexionar acerca de la escala de valores y el orden mental correcto.

En todas las situaciones, en cada cuestión de nuestra vida al igual que en nuestro recipiente, debemos ocuparnos primeramente de las cosas o personas verdaderamente importantes para nosotros.

Las grandes personas que representan a nuestras pelotas de golf.

Si perdemos  el tiempo en nimiedades o en proyectos que realmente no tienen peso en nuestra vida, aunque en ese momento si nos lo parezca, no nos aportarán satisfacciones, ni los resultados serán significativos.

Si gastamos todo nuestro tiempo y energía en las cosas pequeñas, nunca encontraremos espacio para las cosas realmente valiosas.

Presta atención a las cosas que son cruciales para tu felicidad: tus hijos, tu salud mental, emocional y física, tu pareja, deportes o aficiones…

Siempre habrá tiempo para otros asuntos menos relevantes.

Ocúpate primero de las pelotas de golf, de las cosas que sean realmente fundamentales y establece tus prioridades, el resto es solo arena.

 

¿Cuánto pesa un vaso de agua?.

 

Un psicoterapeuta propuso una pregunta un tanto extraña para lo típicas que suelen ser las preguntas referentes a un vaso con agua. Miró detenidamente al grupo formado en la sesión grupal de ese día y les planteó la siguiente pregunta:

 

– ¿Este vaso que tengo en mi mano, cuanto pesa?

 

Todos los presentes quedaron sorprendidos por la cuestión, ya que esperaban que les preguntase si consideraban que el vaso estaba medio lleno o medio vacío.

 

Las respuestas de los presentes variaban entre los doscientos y los doscientos cincuenta gramos.

 

Al escuchar sus contestaciones el terapeuta les respondió:

 

– La realidad es que el peso absoluto no es lo importante.

 

– El peso real del vaso depende del tiempo que lo sostenga en mi mano. Si el tiempo es un minuto, no me supondrá mayor problema y el peso será totalmente asumible. Si ese tiempo lo aumento a una hora, comenzará a dolerme el brazo. Sin embargo, si el tiempo aumenta a tener que sostenerlo durante un día, mi brazo comenzará a entumecerse y a paralizarse.

 

– Así  que, como estáis comenzando a comprender, el peso del vaso es el mismo durante todos los tiempos, sin embargo, cuanto más tiempo permanece en mi mano, más pesado se vuelve y más difícil me resulta soportar ese peso.

 

Versión de una fabula americana aparecida por primera vez en google en 2001

 

 

Enseñanza de esta historia:

Lo importante no es lo que pesan tus preocupaciones, sino cuánto tiempo las mantienes.

Este es un cuento con una gran carga psicológica. Lo podemos utilizar como ejemplo para nuestros hijos, ya que a través de su mensaje pueden comprender ciertos aspectos de nuestros comportamientos y el efecto que estos comportamientos podrían tener en nuestra vida. Sería eficaz asimilarlo a las preocupaciones, a rencores y resentimientos, a pensamientos negativos que podamos tener con respecto a alguna circunstancia.

Todos estos contratiempos son como nuestro vaso de agua. Lo realmente importante no es la cuestión en sí, ni siquiera el daño que pueda haber ocasionado en ese momento.

Lo verdaderamente importante es el tiempo que vamos a permanecer sin resolverlo o el tiempo que va a permanecer en nuestra mente.

Si pensamos en ello un rato y decidimos resolverlo, no tendrá mayor peso en nuestra vida. Al igual que si no pensamos en ello y vemos como aprender de la situación.

Pero si pasamos un día completo con el problema en nuestra mente, ya comienza a doler. Y si ampliamos el tiempo que le dedicamos, a una semana y de ahí en adelante, acabaremos paralizados, rotos e incapaces de hacer nada.

Así que deberíamos aprender a dejar marchar todo lo que puede dañarnos. De manera que puedas movilizarte al cambio para actuar y ponerle fin a esos pensamientos que únicamente nos sirven para agotarnos emocionalmente.

Está muy bien ser consciente de los problemas y tener presente las dificultades y los riesgos, pero llenar nuestra cabeza de preocupaciones durante mucho tiempo nos agota emocionalmente. ¡Vamos a soltar el vaso a tiempo!.

 

El coleccionista de insultos

 

En un territorio cercano a Tokio habitaba un gran samurái entrado en años, que dedicaba su vida a enseñar budismo a los más jóvenes.

 

Aunque su edad era bastante avanzada, se decía de él que siempre vencía a cualquier adversario.

 

Una mañana, pasó por la casa del anciano samurai un guerrero que tenía fama de no tener escrúpulos. Su fama le precedía y se escuchaba por el entorno que se jactaba de ir provocando siempre a sus adversarios. Cuando estos perdían la paciencia y cometían algún error, él aprovechaba esta debilidad para contraatacar. Este joven guerrero tampoco había perdido ninguna batalla.

 

El joven tenía conocimiento de la reputación del anciano, y tenía en mente derrotarlo para así aumentar exponencialmente su propia fama. El viejo samurái aceptó ese desafío a pesar de la oposición de sus discípulos.

 

Ambos guerreros acompañados de sus amigos y discípulos se encaminaron a la plaza del pueblo. Cuando llegaron allí, el joven comenzó a provocar al viejo.

 

Este comenzó insultando al anciano y escupiéndole en la cara. Invirtió varias horas en hacer todo lo posible para que el samurái perdiera la compostura, pero nada de lo que hacía tuvo respuesta, el viejo permanecía impasible. Cuando la tarde estaba llegando a su fin, el joven guerrero estaba exhausto y humillado y decidió retirarse.

 

Los discípulos del anciano maestro, estaban decepcionados por el hecho de que su maestro hubiera sido capaz de aceptar tantos insultos y provocaciones sin responder, y querían respuestas:

 

– Maestro ¿Cómo puede soportar tanta inmoralidad? ¿Por qué no ha usado su espada? Aunque hubiese perdido la batalla, habría evitado mostrar su cobardía ante todos nosotros.

 

El maestro respondió:

 

– A ver jóvenes, si a alguno de ustedes se acerca alguien con un presente y no lo aceptan ¿a quién pertenece el regalo?

 

Uno de los discípulos dio un paso adelante y respondió:

 

– A quien intenta hacer el regalo, por supuesto.

 

A lo que el maestro dijo:

 

– Pues esta respuesta equivale también para la rabia, los insultos, la envidia, la indiferencia. Cuando no los aceptas siguen perteneciendo a quien los llevaba consigo.

 

– El único responsable de tus sentimientos eres tú mismo. Nadie tiene la capacidad de hacerte sentir mal, salvo que tú se la concedas. Lo importante no es lo que otros pretendan: molestarte, descalificarte, herirte, sino lo que tú hagas con lo que te ofrecen.

 

– Es en ese punto donde puedes negarte a quedártelo, y no dejar que entre en tu interior.

 

¡Cuántas veces se sufre por lo que piensan o dicen los demás! Bueno, esto no es exactamente así, puesto que lo que te hace sentir mal no es lo que los demás te dicen o piensan, sino lo que tú interpretas acerca de ello.

Este pequeño gran matiz marca la diferencia entre tener una emoción negativa o no tenerla. Esto es lo que nos propone este cuento, una reflexión sobre el poder que tienes para ignorar, transformar o rechazar aquellos mensajes negativos y tóxicos que te llegan del exterior.

¿Qué pasaría si no cedemos a provocaciones, insultos e intentos de humillación? En algunas ocasiones puede resultar difícil, y cuando reaccionamos, probablemente tengamos que arrepentirnos de nuestras reacciones.

No podemos cambiar la actitud de los demás, pero podemos elegir no entrar en el juego, y no caer en la provocación.

Esta antigua leyenda, de la que existen varias versiones diferentes, nos muestra que nuestras reacciones deben ser medidas. Si nos enfadamos o nos frustramos por una cuestión o por una persona, en realidad lo que estamos haciendo es cediendo nuestro control.

Muchas personas se comportan como camiones de desperdicios, y lo que transportan lo dejan en forma de frustraciones e ira donde se lo permiten.

El coleccionista de insultos puede resumirse en ese proverbio popular que dice: A palabras necias, oídos sordos.

Moraleja:

La moraleja de este cuento oriental es que toda la energía empleada para provocarte todo el daño posible, se convierte en una losa muy pesada con la que tendrá que cargar el emisor, si tú decides que no lo aceptas.

La persona no es consciente de la enorme cantidad de energía vital que está perdiendo al intentar ofenderte con sus actos, ya que al ser ignorados, la situación se vuelve en su contra.

Nadie puede humillarnos si no se lo permitimos. La clave radica en no darle importancia, puesto que nuestro estado de ánimo no debe estar determinado por su comportamiento. La mejor arma es la indiferencia.

En otras palabras, no entres al trapo, no des excusas para que continúe su mal comportamiento. Hay muchas personas que lo que buscan es un minuto de gloria que refuerce su ego, por lo que no hay que darles esa satisfacción.

«Los que odian van a continuar odiando» . Siempre han existido personas que se dedican a faltar, incomodar y/o imponer… algo que se ha acrecentado en los últimos tiempos. Quizás con la sensación de anonimato que dan las redes sociales, esta situación anónima da lugar a comportamientos que seguramente no se harían en la vida real.

Sea como fuere, conviene recordar de vez en cuando esta fábula zen que ayuda a afrontar, de manera inteligente, esos momentos en los que somos ultrajados.

 

La piedra en el camino

 

Había una vez, como comienzan algunos cuentos, en un reino muy muy lejano:

 

Habitaba un hombre muy rico en un gran castillo cerca de una aldea. Amaba mucho a sus vecinos pobres, y siempre estaba ideando medios para protegerlos, ayudarlos y mejorar su condición.

 

Plantaba árboles, hacía obras de importancia, organizaba y pagaba fiestas populares, y en ellas daba tantos regalos a los niños de la vecindad como a sus propios hijos.

 

Pero habia muchas personas pudientes y altivas que no acostrumbraban a trabajar, y sus actitudes les hacía ser esclavos del aburrimiento y la desidia.

 

Un día el dueño del castillo se levantó muy temprano y colocó una gran piedra en el camino de la aldea.

 

Seguidamente, se ocultó para observar como se comportaban los vecinos cuando tenían que pasar por allí.

 

No tuvo que esperar mucho.

 

Al momento, comenzaron a pasar los más adinerados e influyentes. Ellos se limitaron a pasar rodeando la roca. Consideraban su tiempo demasiado valioso. Todos mostraban disgusto al ver el obstáculo, y algunos tropezaban con él; pero ninguno lo movió.

 

Algunos de ellos permanecian un rato delante de la roca, quejándose y culpando por no mantener los caminos limpios y despejados, pero no hacian nada. Ese no era trabajo para sus manos, limpias y fragiles.

 

Pasado un rato, pasó un campesino. Llevaba en su espalda una carga bastante pesada de verduras. Era trabajador, y estaba cansado a causa de las faenas de todo el día.

 

Permaneció un momento observando la piedra y seguidamente coloco su carga en el suelo, al borde del camino. Intentó mover la roca únicamente con sus manos, pero no pudo, así que buscó un tronco para ayudarse como palanca.

 

– La noche va a ser oscura, y algún vecino se va a lastimar contra esa piedra. Será bueno quitarla de
ahí. Y en seguida empezó a trabajar para hacerlo.

 

Pesaba mucho, pero el muchacho empujó, tiró y despues de un gran esfuerzo para hacerla rodar, hasta quitarla de en medio, finalmente lo logró.

 

Entonces vió con sorpresa que debajo de la gran piedra había un saco lleno de monedas de oro. El
saco tenía un letrero que decía: «Este oro es para el que quite la piedra.»

 

El muchacho se fué contentísimo con su tesoro, y el hombre rico volvió también a su castillo, gozoso de haber encontrado a un hombre de provecho, que no huía de los trabajos difíciles.

 

Aprendió lo que los otros nunca aprenderán:

 

Cada obstáculo superado es una oportunidad para mejorar la propia condición. Quien nunca ha tenido obstaculos que superar, nunca va a saber superalos cuando los encuentre, solo va a saber quejarse.

 

 

Enseñanza de esta historia:

Este ejemplo nos recuerda que los obstáculos que logramos superar sin hacerlos a un lado, son la mayor oportunidad de perfeccionamiento y mejora de nuestro carácter.

Esquivar los problemas, buscar culpables o simplemente quejarnos no solucionará nada, y la “roca” seguirá estando allí. Afrontar los obstáculos, actuar, esforzarse… es lo que nos hará aprender.

Mover las “rocas” seguramente implicará esfuerzo, sufrimiento, capacidad de análisis, constancia… y todo ello nos hará más fuertes y sabios. Superar los obstáculos nos hace mejorar nuestro entorno, crecer, evolucionar.

La lamentación, y el eludir los problemas sin afrontarlos, nos aísla.

La mayoría de las veces los problemas, malentendidos y contratiempos son oportunidades para cambiar, para reflexionar y enfocar nuestra forma de hacer las cosas y de ver la vida, incluso, podemos decir que son llamadas de atención.

El resultado final depende de nuestra manera de abordar cada cuestión.

 

El problema

 

Otra leyenda sobre un gran maestro zen. En esta ocasión el maestro trataba de enseñar a sus jóvenes discípulos, estos llegaban poco a poco al monasterio.

 

Un día, el guardián del monasterio se indispuso y hubo que sustituirlo.

 

El maestro tenía que escoger a la persona que tendría el honor de sustituir al guardián y para ello reunió a todos sus discípulos.

 

Para realizar la elección les planteó un problema.

 

Les dijo:

 

– Aquel de vosotros que resuelva primero esta cuestión, será el nuevo guardián del monasterio.

 

Colocó en el centro del aula un banco, encima situó un enorme y precioso jarrón de porcelana. En su interior había introducido una hermosa rosa roja.

 

– He aquí el problema. – Dijo.

 

Los discípulos contemplaban perplejos lo que les mostraba.

 

Les parecía que los diseños de la porcelana eran sofisticados y raros.

 

Pensaban en la elegante frescura de la rosa.

 

 ¿Qué representaba aquello?

 

¿Qué debían hacer?

 

¿Cuál era el enigma?

 

Todos estaban paralizados.

 

Después de algunos minutos, un alumno se levantó, miró al maestro y a los demás discípulos, caminó hacia el vaso con determinación, lo retiró del banco y lo colocó en el suelo.

 

– Usted es el nuevo guardián – le dijo el gran maestro, y explicó:

 

– Fui muy claro, os dije que estabais delante de un problema. No importa cuán fascinantes o raros sean, los problemas deben ser resueltos.

 

– Puede tratarse de un vaso de porcelana muy raro, un bello amor que ya no tiene sentido, un camino que debemos abandonar pero que insistimos en recorrer porque nos trae comodidades. Sólo existe una forma de lidiar con los problemas: atacarlos de frente.

 

– En esos momentos no podemos tener piedad, ni dejarnos tentar por el lado fascinante que cualquier conflicto lleva consigo.

 

 

El problema es que no sabemos ver el problema en si mismo: la mayoría de discípulos no era capaz de ver que el jarrón en sí era el problema. Intentaban adivinar qué podría significar. Era tan hermoso que… ¿cómo podría ser en sí un problema? El único monje capaz de no dejarse llevar por los miles de pensamientos que surgían, el único que fue capaz de simplificarlo todo, vio que el jarrón, en sí, era el problema y que como tal había que destruirlo.

Moraleja de esta leyenda:

Esta historia nos avisa del peligro que nos supone quedarnos atascados en la contemplación de un problema, esto es aplicable a cualquier cuestión de nuestra vida cotidiana.

Es habitual quedarnos rumiando la situación que queremos resolver, aplazando el momento de solucionarlo, unas veces por miedo, otras por cuestiones personales. En lugar de terminar con ellos.

Deberíamos aprender a resolverlos y recordar que la  mayoría de las veces el peso de los problemas no resueltos suele ser bastante más alto que las consecuencias del problema en sí.

Los problemas a veces tienen en nosotros un extraño efecto: nos gusta contemplarlos, analizarlos, darles vueltas, comentarlos…asi hay veces que los magnificamos y sucede con frecuencia que los comparamos con los de los demás y decimos.- “Tu problema no es nada… ¡espera a que te cuente el mío!”

Aprender a resolver problemas es fundamental en nuestra vida. Y a veces, no es tan sencillo. A veces nos dejamos llevar por la apariencia del problema y olvidamos que es un problema sin más. Demasiados pensamientos nos confunden.

Las apariencias no nos dejan ver el problema: ni las apariencias ni los pensamientos complejos. Demasiados senderos hacen más difícil dar con el camino correcto. Ante un problema, debemos simplificar y desprendernos de todas las apariencias para comprobar cuál es el problema exacto. Solo así podremos afrontarlo y resolverlo.

Debemos desprendernos de ellos para seguir adelante: muchas veces tendemos a acumular en nuestro interior cuestiones sin resolver y sentimientos negativos que lo único que hacen es enmarañarlo todo e impedir que podamos dejar espacio para lo que realmente necesitamos. Si no acabamos con ellos, terminarán ocupando todo nuestro corazón. Rencores, dolor, miedos… son como ese hermoso jarrón con la hermosa flor. ¿Para qué sirve?

Esta leyenda nos recuerda la necesidad de deshacernos de aquello que nos perturba.

 

¡Buena lectura!

 

¡Namasté!

 

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