Compañero de una maga

Escrito por Marié

16 de febrero de 2024

Mi hombre. El que peregrina a mi lado, es el compañero de una maga. Al menos es lo que intuyo ser desde que tengo recuerdos. Es mi camarada, mi compadre, mi compinche, mi gran amigo.

Tiene que serlo para poder mantenerse a mi lado, no todo el mundo hubiese sobrellevado (más bien padecido) mis modos de entender este mundo.

Desde mis más lejanos recuerdos, eterna curandera para unos cuantos pájaros cada año, caídos de sus nidos o heridos… también sanadora y recolectora de plantas, hierbas, piedras, hojas, flores… encontradas en cualquier lugar.

Por entonces mi compañero era mi padre, y mi compañera mi abuela paterna, ellos sembraron todo. La diferencia es que gracias a ellos estoy en esta vida, tuvieron que aceptar mis comportamientos, me educaron, me entendieron y me enseñaron a amar todo lo que amo.

¡Mi compañero me eligió! Pudo haberme soltado en cualquier duro proceso. Sin embargo, existe una conexión muy especial, no me puede soltar y yo tampoco a él, siempre desde la más feroz libertad.

Mi casa estaba siempre llena de cajas de zapatos con mis pequeños amigos o de tazones con agua para mis plantas convalecientes.

Todo merecía otra oportunidad de sanar y vivir. Anhelaba tener éxito en todas las ocasiones.

Tengo recuerdos demasiado lejanos de ambicionar despojar del dolor a cualquier ser que se sintiese enfermo o dolorido. De adorar escuchar los problemas o dificultades de cualquier persona que gustase desahogar su corazón, abrir su alma para mí, incluso personas mucho mayores que yo.

Con cierta edad no tenía quizás la capacidad necesaria para ayudar como me hubiese gustado, pero igualmente escuchaba y acompañaba.

Cuando no me dedicaba a estas inquietudes, me vestía de adulta y me observaba en un espejo, de ningún modo me identificaba con la edad que veía reflejada … Nunca me gustó ni me gusta jugar, solo lo he hecho con mis hijos e incluso en ocasiones me he sentido juzgada por no gustarme los juegos. igualmente soy respetuosa con los gustos ajenos.

La verdad, he sido difícil, soy difícil, necesito demasiado tiempo para mis inquietudes, y no encuentro el suficiente.

Él, mi amigo, mi compañero sabe que es el cuidador, guardián, protector y acompañante de una sanadora.

Repito, soy difícil, muy difícil. Aunque cuando él me conoció era imposible, inalcanzable incluso a veces para mí misma. No sé qué vio en mí, probablemente algo que ni yo misma conocía.

Supongo que sus capacidades, en las que no cree, le mostraron una parte mía invisible a los ojos, al fin y al cabo era una pequeñaja gruñona y malhumorada casi siempre.

Muchas veces me siento fuerte como el acero de damasco y otras tan frágil como una flor. Él se acomoda a todo ello y me escolta en las transformaciones, celebra los progresos e intenta entenderme, aunque en ocasiones ni yo me entiendo.

No soy bipolar, si es lo que estás pensando. Mis conceptualizaciones no vacilan, se originaron junto con mi alma y junto a mí evolucionarán y compartirán mi camino, exclusivamente modifican mis emociones.

Vivo feliz si obtenemos la sanación que encargo, pero me sumo en la pena si no es posible. Incluso a sabiendas que en ocasiones no depende de mí. Hay causas superiores más trascendentes que mis deseos.

Las personas como yo, o con inquietudes, desazones y características similares, albergamos una facetas complicadas y a veces confusas para recorrer la vida, no obstante súbitamente y sin ser esperado, todo se transforma en sencillo, espontáneo, familiar y accesible. ¡Siempre hay ayudadores a nuestro alrededor!

Para que ocurra esto hay que andar un largo camino. Camino de espinas muchas veces.

Las sanadoras vivimos en un parque de atracciones las 24 horas de cada día. En muchos momentos es agotador, pero no lo elegimos, ¿O sí?

Dispuestas en cualquier momento del día o de la noche, nuestro tiempo no nos pertenece. No tenemos ambiciones mundanas, afortunadamente.

Desde antes mismo de tener conciencia sabia que había nacido para ayudar, al menos es lo que me ha hecho sentir siempre satisfacción.

Mi alma es feliz ayudando.

Un ejemplo muy sencillo, pero que acaba de aparecer en mi mente: Tendría apenas 8 o 9 años cuando ayudé a una familia empujando su coche por la calle donde me críe, era una niña y fue tan gratificante que es de las pocas cosas que no he olvidado de aquellos años.

Cuando no me sentía necesaria, estaba fuera de lugar, enfadada, enfrentada al mundo, inadaptada, incomprendida. En casi todas las fotografías de mi infancia se refleja mi sentir, mi ceño siempre aparece fruncido.

Así que mi imagen era de ser malintencionada, antipática, seria, inaccesible.

Creo recordar que siendo muy pequeñita, continuamente estaba acompañada, inclusive conversaba en otro idioma con alguien, es algo que de vez en cuando mi madre me recuerda.

A ella le resultaba divertido escucharme hablar así, y nunca se preguntó ni con quién hablaba ni porque lo hacía. Tengo vagos recuerdos, sobre todo de estar enfadada también en este episodio por no saberme entendida.

He pasado casi todos mis años de infancia y juventud incomprendida y enfadada.

Inventaba historias para ser aceptada, historias que hoy me hacen reír y me provocan compasión. Me abrazaría si pudiese. Solo necesitaba eso.

Pero cuando mi hombre me encontró, cuando nos encontramos y decidimos ser, él ya sabía que iba a ser complicado. Él conocía mi inquietud por sanar heridas colectivas, por sanar a la misma tierra, entendía que era mi misión y un propósito superior a mí misma y a nosotros mismos.

En absoluto me supuse preparada ni capaz para formar una familia, me sentía demasiado diferente al resto del mundo, hasta que lo hice. La vida me ha regalado preciosas oportunidades de conocer a muchas personas como yo, pero hasta entonces, siempre me sentí demasiado sola, demasiado distinta.

Nunca pensé que sería buena madre, ni siquiera estimé si sería madre, no sé si soy buena o no, ¿Quién puede decirlo?, realmente he seguido las directrices de mi mejor maestro y hoy estoy satisfecha de lo que observo.

Tengo diariamente conversaciones hermosas, inteligentes, llenas de amor y significado con mis hijos. Ellos no son niños ya, así que nuestras tertulias son de lo mejor que me ha pasado en la vida.

Mi vida ha sido diferente de cualquier otra, y cuando digo diferente, es muy diferente. Porque diferentes son todas.

Siempre supuse que mi misión me apartaría de construir un hogar, formar una familia, tener hijos…

Pero mi pasión desmesurada por la existencia misma me conectó con mi pareja más allá del cumplimiento de cualquier modelo existente o por descubrir.

Él es mi sostén, es el pilar que me mantiene en pie, la espalda que aguanta los golpes de una sanadora que se desmorona y cae en las más oscuras profundidades. Ese abismo turbio y complicado cuando no tiene licencia para poder transformar el dolor de la tierra y de sus habitantes.

Aceptó estar presente para mí, al comienzo sin entenderme, sufriendo mis desplantes. Consintiendo que le devolviese dolor cuando no podía encontrarme a mí misma. Nunca me soltó.⠀

Es el compañero de una sanadora y aunque le cuesta mucho creer en lo que no ve y no se entrega completamente en manos de mis asuntos, es respetuoso, bondadoso y es mi mejor amigo.

Él es tambien sanador, todos lo somos en niveles diferentes, y es mucho más bondadoso que yo. Acogió todas mis extravagancias, tan complicadas. Dio la bienvenida a mis dolores, ofreció su paciencia para mi lentitud en lo que no me hacía feliz.

Antepuso siempre mi felicidad a la suya, siento adoración en su mirada y una compenetración entre nosotros que no es de este mundo.

Transforma mi pasión en suavidad, observa sin comprender mis curaciones, controla su falta de fe, dirigiendo sus impulsos a intentar comprender, y se alegra incluso más que yo con los resultados maravillosos que son regalos para mí.

Antepone mis necesidades a las suyas propias.

Yo vivo agradeciendo al hombre que aceptó mis particularidades.

Hoy podemos decir que eligió a la personificación de la libertad, y se hizo libertad conmigo. Logramos juntos algo difícil de entender. Me enamora cada día, siempre creciendo desde que apareció en mi vida. Juntos creamos una autodeterminación personal sin límites, llena de amor, sin dañarnos.

Hemos aprendido a reconocer en el otro el genuino recorrido hacia la libertad, sin necesidad. Respetando el libre albedrío.

Ha aprendido la grandeza que para mí significa estar, lo que supone en mi vida ser guía y ayudar.

Al aceptar todo esto y no abandonar, moramos ambos en lugares altamente energéticos. Naturalezas sublimes, estados alterados de conciencia gracias a nuestro amor……

Estar juntos nos regala comprobar la grandeza que es todo.

Hemos aceptado caminar el sendero anteponiendo el bienestar de quien se acerque a nuestras vidas.

De todo y todos los que transcurren por ella.

Pero si ellos lo rechazan, no insistimos, hasta que terminan por desaparecer.

Él es pura bondad, pura paciencia, yo no.

Si me hieren aguanto, cuando me hieren aguanto, cuando me hieren aguanto………. Si me hieren me marcho.

Cuando le hieren me marcho. Si me hieren y es consciente, se marcha.

Es mi alma compañera, ha aceptado un alma compleja, y en este contexto difícil, él crea un espacio seguro para mí. Tiene la preciosa capacidad de mantenerme a salvo de mí misma. Se ríe.

Me protege de mis heridas, impide que siga hiriéndome, y si no lo logra es el encargado de limpiarlas, las antiguas y las recientes. Me conduce en cada instante a un éxtasis difícil de entender.

Sabe que mi sombra no refleja mis movimientos, ni siquiera ella puede seguirme.

Hay en mi vida resplandores y una inquietud de sabiduría que producen sombras distintas de mi cuerpo, son las sombras preciosas de mi alma anhelando aprender.

Y él ha aprendido a no quedarse atrapado en otro nivel, juntos aumentamos el gran resplandor que solo es posible en sanadores a nivel de alma.

Juntos aprendemos a no competir, a evitar comparar, es imposible, los dos caminamos en la misma dirección y no hay peligro de choque. Pero hay una nube de temor por tener que compartir mi inquietud por ayudar. Saber que es para el mundo en conjunto da vértigo.

Ciertamente, no competimos en ningún ámbito ni con nadie, aprendemos día a día que no es necesario y solo amamos.

Vivimos una pasión sin límite, una forma diferente, una curación del alma a través del cuerpo que sube la energía hasta niveles que me amparan en las sanaciones. Forma parte de la sanación misma, él eligió esta vida junto a mí.

Mi mayor inquietud y el mayor de mis problemas es ocuparme de mí misma, de mi entorno y de la sanación de todo ello, de la enfermedad, en sí misma, de todo cuanto existe y de mi pequeño planeta.

Nunca voy a dejar de advertir esa necesidad, no recuerdo cuando llegó a mí, y sé que me acompañará mientras pueda utilizarla.

Él me respeta, es humilde y me baja a la humildad. Es respetuoso y me ayuda a respetar cada proceso sin impaciencia. Me rendí a su amor y él también se me rindió.

No necesitamos mostrarlo, seguimos una misión excepcional y en ella dejamos atrás muchos miedos. Limitaciones que no deben existir.

Gracias a ello vivimos el sendero espiritual y divino que forma parte de todos y cada uno de nosotros. Juntos, con agradecimiento, con amor desbordante y perfecto.

Sé que me comprende, que me quiere acompañar, que sabe de mi necesidad, y de mi necesidad de hacer. Si no lo hiciese así tendría que hacer este camino sola, porque es superior a mí misma.

Siempre voy a elegir el mayor número de personas a sanar. Aspiraré a un mundo cada vez más consciente, y un bienestar y salud cada vez más intensos.

Compañeras magas, curanderas, sacerdotisas, sanadoras, brujas; compañeros magos, curanderos, sanadores, brujos, llamarlo como mejor os sintáis. Supongo que al leerme muchos os sentís identificados. Es difícil ser nuestro compañero de camino, ayudarles a poder ayudaros.

¡He tenido a muchos de vosotros en mi camilla!

 

Él me dedica su música, sabe de mi capacidad.

Entiende que ya no puedo subir a cotas altas sin su propio poder.

Él me sustenta.

 

Gracias compañero por aceptar mis dificultades.

 

 

 

¡Namasté!

 

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