Una gran reverencia a mi salud

Escrito por Marié

13 de octubre de 2023

Hay cosas muy importantes en la vida y yo quiero confesar lo que siento hacia la más importante, de ella depende el resto, así que hoy me inclino para brindar una gran reverencia a mi salud.

Y ¿Por qué? Porque está poco valorada. Solo la miramos a los ojos cuando se aparta de nuestra vida …

Comparecemos a la vida con clamores de dolor y nos vamos también con lamentos y dejando dolor tras nuestra partida. No lo quiero.

Después de tantos noviembres sobrellevando dolores, y observando que mi vida ha estado, desde la adolescencia, acordonada por ellos, lo he asimilado y he resuelto autorizar al viento para que arrastre cosas que me resultan innecesarias.

He vivido ensayado para poder dejar a un lado lo superficial, insignificante o primitivo… lo que no tiene valor.

Igualmente, he procurado hacer oídos sordos a cualquier rumor, murmullo de menosprecio, falta de generosidad o desdén.

Total… los dolores no se ven y pueden o no ser verosímiles.

Pero no es lo importante para mí.

Cómo con todo lo demás, no preciso que se me crea. Ni que me acaricien la espalda, ni siquiera que me escuchen, solo que me respeten.

Desde mi adolescencia, desde el comienzo de mis dolores, mi actitud frente a todo ello ha sido prestar exclusiva atención a las oportunidades de mejorar y aprovechar esos momentos oscuros para pensar.

Y todos ellos, todos esos instantes íntimos, me han ofrecido la comprensión de comprometerme en mostrar la mayor de las reverencias a mi salud.

Creo que a las personas que nos ha eludido en mayor o menor medida, tenemos demasiado claro que todo, todo lo demás es subordinado a ella. Y ello, por lo menos en mi caso, contribuye a hacernos ver la vida más alegremente.

Situaciones así me han ofrecido la posibilidad de recorrer en gran medida, bastantes momentos de mi vida meditando.

Y a su vez esto me ha servido para controlar el dolor.

Los he invertido en intentar aprender de todos y cada uno, y me ha permitido viajar a muchos lugares, esos lugares invisibles de los que tan a menudo escribo.

Para ello me he ayudado siempre de las alas de mis abuelos, tanto de los que han acompañado mis pasos, como de los que les han precedido.

Comprendo que hay terrenos ancestrales dolorosos, a la vez que infinidad de secretos, secretos que se han hecho presentes en mi realidad y se han clavado en mi cuerpo como dardos, como flechas… como relámpagos… y lo han herido.

Mi vida es esto y así la tengo que vivir.

Seguro que muchos os sentís identificados…

Sin embargo, hay que pensar y permanecer sonrientes al paso del tiempo, a este tiempo que no espera.

Somos fugaces y si queremos aprender algo debemos dejar de quejarnos por lo que nos ha tocado vivir.

Permitirnos algún momento de vulnerabilidad es lógico, unas lágrimas sanadoras que nos permitan vivir el resto del tiempo con el alma más limpia y tranquila.

Esas lágrimas que tan fácilmente aparecen cuando escucho ciertas melodías, o cuando observo a un anciano o a un bebé, raramente aparecen por dolor, pero hay algunos amaneceres en los que agradezco su compañía.

Pese a todo, siento que debo completar el puzzle que se me asignó, teniendo en cuenta todos y cada uno de los mensajes que me llegan de ese lugar invisible… y no son pocos.

En esos lugares, que parecen sacados de otro tiempo, las experiencias pueden tener más significado y todo ello ayuda a comprender el porqué suceden ciertas cosas.

Sobre todo, teniendo en cuenta que de unos años a esta parte estamos viviendo inmersos en una evidente manipulación que nos intenta atrapar cuál gigante tela de araña. Y esta trampa mortal me produce angustia y una claridad total cuando digo que este no es mi mundo.

Siempre me he sentido extranjera en esta tierra, pero en la actualidad los cambios y los valores son tan tristes y tan vulgares.

Sin embargo, este mundo es en el que debo seguir caminando, aunque lo sienta cada vez más injusto y más superficial.

Se valora más un cuerpo que un alma.

Se venera más el placer que la salud.

Es más importante el dinero que la cultura.

Las conversaciones profundas no están de moda, y nadie sabe exactamente a donde dirigirse, solo pisan el acelerador a ningún sitio importante.

Lo difícil hoy es que no se está acostumbrando a hablar y cuando lo hago con desconocidos, por el mero placer de disfrutar de la compañía de otra persona, reconozco en su mirada que lo agradece. Para mí las conversaciones sanas son fundamentales.

Los más mayores nos dicen a los de mi edad, que antiguamente seríamos casi ancianos, así que me gusta la idea de una ancianidad más larga para seguir aprendiendo y ayudando.

Aunque siento en mi interior algo similar a dos serpientes enroscadas, una representa la juventud que siente mi alma y la otra a mi alma vieja. Las dos viajan juntas en mi compañía. Y cada una aporta algo a mi negocio.

Me dicen que debemos regresar a vestir el antiguo traje humilde, imprescindible para acercarnos a la sabiduría. Pero hoy no se conoce este concepto, ni su significado.

Tantos pasos antes dados, adelantando en experiencia y humildad, han sido eliminados por un barro espeso, pisoteados y enviados a un retroceso inevitable.

Me niego a todo ello. No comparto este modelo, mi vestuario sigue siendo el mismo.

Así que vivo tranquila.

No dejo que esa superficialidad infantil me roce siquiera, porque, afortunadamente, tengo personas grandiosas que no han cambiado, que no se han dejado arrastrar por esta corriente y entre ellas he creado un mundo propio.

Realmente, sé que no es general. Y me lo demuestran cada día. Cuando me preocupo en hablar con algunas personas, en todas encuentro siempre una cantidad diferente de luz, pero es luz al fin y al cabo.

Y afortunadamente creo en la naturaleza humana, no está todo perdido.

Busco momentos felices en cada esquina, e intento una salud duradera de forma natural. Compartiendo descubrimientos que me funcionan, pero explicando que hay que reconvertirlos en adecuados para cada uno.

Mi filosofía me empuja a convertir cada crisis en oportunidad, como me decían mis abuelas, priorizando la vida, la salud.

Quisiera ser experta en salud, no solamente para mí, para cualquier persona… cuestión complicada con la actual forma de ver la vida.

Lo que me rodea no significa salud, sino miedo, la salud está en vivir la tranquilidad de una conciencia en calma.

No serviría el Reiki, ni tantas otras terapias, si debes vivir eso para crecer… aunque esto es mentira… quizás sea lo que queremos vivir. Pero elijo de ahora en adelante el amor y solicito transmutar mi dolor.

Este dolor que llegó de nuevo, sacudiendo, de nuevo, profunda e intensamente mi cuerpo, una sacudida que mi alma sintió.

He puesto toda mi energía, mi tiempo, que recuerda a tantos otros tiempos anteriores. También mi paciencia, tentada tantas veces. Y añadiendo valor en mi alma, he decidido, de nuevo, dejarme llevar por su dirección y guía.

Quiero sanar, sanar de esto y de todo, de todo lo que esté por venir. No quiero seguir luchando con cualquiera de mis egos, todos ellos van a resistirse a cualquier cambio. Sobre todo a los cambios que me guían desde el alma, los que sirven para sanar.

Y a veces pienso, si estos dolores no formarán parte de mi sanación. Quizás la sanación pasa por la sangre, quizás sanar es sangrar, es supurar, es coser, cicatrizar, doler, entender, aceptar, perdonar y fluir. Pero es tan difícil.

Esa es una sanación física, pero la emocional es más complicada.

¿Seguiré necesitando ayuda?

Me entristece, me enfada, me provoca estar sola, en silencio, en oscuridad y también aceptar todo para fluir.

… Y también es difícil.

No hace falta que me creas, solo que respetes mi dolor.

 

¡Namasté!

 

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