Tú tienes reloj y yo tengo tiempo

Escrito por Marié

18 de junio de 2021

MOUSSA AG ASSARID (Tuareg, nómada del desierto)

 

Entrevista realizada por Víctor M. Amela. Tú tienes reloj y yo tengo tiempo.

Víctor Manuel Amela es un conocido periodista y escritor español. Participó en la creación de la sección: La Contra de La Vanguardia, y ha realizado más de 1.800 entrevistas en 15 años. La entrevista que podéis leer más adelante fue publicada en febrero del 2007 en la contraportada de La Vanguardia. Los conceptos que transmite y la importancia que pueden tener en nuestra diferente forma de vivir, me ha decidido a mostrarla tal cual fue publicada en su día.

En febrero del 2007 se entrevistó a un hombre de azul, como se los conoce. Los puedes encontrar pastoreando en Argelia, Libia, Nigeria, Malí Mauritania y Burkina Faso. La frase de Moussa Ag Assarid, sigue recorriendo todo el mundo como mensaje e invitación a la verdadera vida: Tú tienes el reloj, yo tengo el tiempo.

Altivos e irreductibles, los tuaregs luchan por sobrevivir en los convulsos territorios del norte de África. Son un pueblo nómada, libre. Son los príncipes del desierto del Sahara. Cuando se desplazan, cubren tanto sus necesidades como las de sus animales, debido a que viven en unidades familiares extensas que llevan grandes rebaños a su cargo.

Se caracterizan por no tener ataduras ni apegos y de esta forma  se han agrupado más de 3.5 millones de individuos.

La estructura básica de la sociedad tuareg es el linaje tawshit, grupo de parientes que reconocen un antecesor común. Los hijos pertenecen al linaje de la madre y heredan de ella, pero el hogar se establece en los aghiwan o campamentos del linaje del padre. Cada linaje pertenece a una categoría social determinada y hace parte de una ettebel, comunidad social o ‘tribu’. Los linajes designan un amghar, su líder varón y el consejo de líderes se designa entre los guerreros varones, el amenokal, jefe del ettebel.

La tienda, ehe, es identificada con el matrimonio y el hogar. La mujer debe fabricarla, con pieles o tejidos de cestería y ella es su propietaria. Las mujeres tienen autoridad en el campamento, ya que el hombre está frecuentemente ausente, en sus actividades como pastor, comerciante o guerrero. Generalmente la mujer sabe escribir y es más instruida que su esposo, participa en los consejos y asambleas del linaje y es consultada en los asuntos de la tribu.

Aunque convertidos al islam por los árabes, han seguido conservando algunos de sus ritos ancestrales. Se les conoce además de como hombres azules, como hombres del velo, porque los varones, y no las mujeres, utilizan un velo azul índigo o negro denominado litan. Esta vestimenta les protege del calor, en un hábitat cuyas temperaturas llegan en verano a los 50-60 °C; al igual que sus ropajes de lana y piel de dromedario, les resguardan en las frías noches desérticas.

Su religión es el Islam y el silencio es su mejor compañero, para poder apreciar la naturaleza y la familia.

Señores azules del desierto y amos de su vida, es como definen a los Tuaregs quienes han tenido la oportunidad de conocerlos.

A continuación la entrevista a Moussa Ag Assarid, el cual, en la actualidad, es un distinguido escritor:

No sé mi edad. Nací en el desierto del Sahara, ¡sin papeles!

Nací en un campamento nómada tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. He sido pastor de camellos, cabras, corderos y vacas de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier. Estoy soltero. Defiendo a los pastores tuareg. Soy musulmán, sin fanatismo.

 

– ¡Qué turbante tan hermoso!

 

– Es una fina tela de algodón. Permite tapar la cara en el desierto cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando a través.

 

– Es de un azul bellísimo.

 

– A los tuaregs nos llamaban los hombres azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados.

 

– ¿Cómo elaboran ese intenso azul añil?

 

– Con una planta llamada índigo, mezclada con otros pigmentos naturales. El azul, para los tuaregs, es el color del mundo.

 

– ¿Por qué?

 

– Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.

 

– ¿Quiénes son los tuaregs?

 

– Tuareg significa abandonados, porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso: Señores del Desierto, nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh bereber, y nuestro alfabeto, el tifinagh.

 

– ¿Cuántos son?

 

– Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población decrece… ¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!, denunciaba una vez un sabio. Yo lucho por preservar este pueblo.

 

– ¿A qué se dedican?

 

– Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un reino infinito y de silencio.

 

– ¿De verdad tan silencioso es el desierto?

 

– Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.

 

– ¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor nitidez?

 

– Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas nos dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y hierba. Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre. Y yo. ¡No había otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz en él!

 

– ¿Sí? No parece muy estimulante.

 

– Mucho. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento, para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas. Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua.

 

– Saber eso es valioso, sin duda.

 

– Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor!

 

– Entonces este mundo y aquel son muy diferentes, ¿no?

 

– Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es!

 

– ¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa?

 

– Vi correr a la gente por el aeropuerto. ¡En el desierto solo se corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro.

 

– Solo iban a buscar las maletas, ja, ja.

 

– Sí, era eso. También vi carteles de chicas desnudas: ¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer? Me pregunté. Después, en el hotel Ibis, vi el primer grifo de mi vida. Vi correr el agua y sentí ganas de llorar.

 

– Qué abundancia, qué derroche, ¿no?

 

– ¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso…

 

– ¿Tanto como eso?

 

– Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos… Yo tendría unos doce años, y mi madre murió… ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.

 

– ¿Qué pasó con su familia?

 

– Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa… Entendí: mi madre estaba ayudándome.

 

– ¿De dónde salió esa pasión por la escuela?

 

– De que un par de años antes había pasado por el campamento el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la mochila. Lo recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel libro: El Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo…

 

– Y lo logró.

 

– Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.

 

– ¡Un tuareg en la universidad!

 

– Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella y el fuego de leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas; allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es distinta cada cabra. Aquí, por la noche, miráis la tele.

 

– Sí. ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?

 

Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis. ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa. En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!

 

– Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.

 

– Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde…

 

– Fascinante, desde luego.

 

Es un momento mágico. Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor. La calma nos invade a todos, los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor.

 

– ¡Qué paz!

 

Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo.

 

Fuentes.- La Vanguardia, ECU Red, otras…

Reflexión

Con bastante frecuencia, ya sabéis, me gusta rememorar cosas ocurridas en mi infancia.

Entonces ya comenzaba a amar la época otoñal, me gustaba escuchar el silbar del viento tras la ventana y entre las hojas de las aspidistras en el patio. Me encantaba y sigo sintiendo una predilección especial por los colores y aromas de esta estación. Mirar por la ventana las primeras gotas hecha un ovillo en el sofá… Esas tardes de otoño y también las de invierno, en las que no podíamos apenas salir por el frío y la lluvia, me parecían entrañables y eternas, el tiempo no existía…

… El tiempo era inmortal, y esta entrevista me ha hecho recordar esos momentos, en los que solo vivíamos el presente y lo disfrutábamos a tope. En aquella época no sabíamos de relojes… Disfrutábamos y punto, comíamos, dormíamos, estudiábamos lo que tocase, y jugábamos eternamente el resto del tiempo. Yo disfrutaba de cada cosa que ocurría al máximo.

Recuerdo que cuando lloraba, (que era muy a menudo, era bastante llorona y chinchosa… Je, je, je), lo hacía como si no hubiese un mañana. Pero a la vez era muy risueña y si lo que tocaba era reír lo hacía hasta que tenía agujetas en la tripa. Vivía cada segundo profundamente, ¡aquí y ahora!

La pena es que con el paso del tiempo, el tiempo mismo me mostró su paso y su vuelo me llevo de viaje, sin saber exactamente como, a mi adolescencia y seguidamente y sin darme apenas cuenta a la más absoluta adultez.

Aquí por supuesto aparecieron los relojes, para recordar continuamente el paso del tiempo, ese tiempo que pasó de ser eterno a ser efímero. Y con los relojes, las prisas: estudio, trabajo, más estudio y más de todo y el tiempo pasó a no ser suficiente. Y las necesidades también se transformaron, hay tanto de todo que realmente, si te fijas bien, nada sirve para nada.

Cuando leí por primera vez esta entrevista, mi padre estaba enfermo y mi tiempo se detuvo otra vez con él, fue precisamente en un otoño de 2009 y desde entonces, la leo de vez en cuando, pues me lleva a un lugar interno y maravilloso donde el tiempo vuelve a desaparecer…

 

¡Disfruta este instante, porque este instante es tu vida. R. Pastor!

 

¡Namasté!

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