Sin nada que hacer

Escrito por Marié

3 de enero de 2022

Día 3 de enero de 2022. La tierra.

 

Estoy aquí sentada en el sofá de mi salón, en este preciso momento ¡eterno! Sin nada que hacer.

Mejor dicho, sin deseos de hacer nada.

No deseo salir, ni deseo moverme. Ni tengo deseos de pensar que hacer, ni siquiera de pensar.

Mi único deseo es escribir, y no me voy a resistir a él, la verdad no tengo que esforzarme para resistirme a este deseo.

Siento que cuando escribo, soy, y siendo me voy construyendo.

Estar me va convirtiendo en mí, y en este estar, el tiempo desaparece. Mi jaula de oro desaparece y vuelo libre. ¡Qué sorpresa! ¡Volar!

¡Y vuelo! ¡Y me veo allí sentada, escribiendo! Que placer.

También veo el mundo:

¡Todo el planeta está agotado y desea descansar!

No lo sabéis, pero estáis exhaustos de fingir y mentir, de tener que apuntalar, apoyar y anhelar, también de sostener, mantener y pretender, y la energía va escapando poco a poco de los cuerpos desfallecidos.

Estáis todavía en la parte inicial de la carrera, no lo sabéis, pero yo honro vuestro poder interno. Todos tenéis un poder moviéndose en vuestro interior, pugnando por salir, pero le drogáis, le dais validez absoluta a la experiencia de domarlo y encarcelarlo. ¡Cuanto lo siento!

¡Necesidad, el vocablo más peligroso! Abarcar cada vez más. Tiranía. Tiempo. Descoordinación. Deseos ocultos. Pero no lo notáis, ni lo entendéis, ni lo admitís, ni lo adivináis. No hay personalidad, no existe la facultad de compararse con nadie para establecer la diferencia, apreciáis ser diferentes de todo siendo iguales a todos.

¡Invoco a vuestra facultad para escapar, para experimentar y descubrir…!

¡Para existir!

Y desde donde estoy no puedo ofreceros nada, excepto el regalo más excelso: mi serena presencia.

Y es serena porque escapé, soy autónoma, independiente, atrevida, osada, bohemia, desordenada, espontánea… liberada.

No fue tan sencillo como se lee, tuve que sufrir. A veces, el corazón necesita romperse completamente para poder contener más vida. Y con su rotura y recomposición mi conciencia se elevó, y desde esa altitud curiosa, extraña y atípica, pude iniciar el uso de mis recursos:

Salí del pensamiento social impuesto, pensamiento único y simple que domina a la sociedad, a esta sociedad «civilizada» que impone hacer, salir, entrar, de un punto a otro, correr compulsivamente hacia ningún lugar, que les domina y les somete irremediablemente. Aprovechar, usar, hasta hacer desconfiar, no importa, no aprecian, ni sienten, ni padecen. No hay empatía. Pobreza.

Floto sobre todo ello, me escucho y oigo mi respiración, noto mis sentidos magnificados, mis oídos, mi tacto, mi cuerpo, mi sexo, mis pensamientos, mi energía y mi espíritu, y en esta sensación soy, siento que fui y que seré.

Percibo esa magia de ser en mí, comienza y termina en mí. A pesar de mi desnudez, sin bienes, en medio de la nada, soy alma, tengo fuerza y poder.

¡El poder que siempre han predicado los abuelos!

 

¿Sabías esto?

¡Namasté!

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