Las musas viven en el dolor

Escrito por Marié

9 de octubre de 2023

 

No es siempre así, pero habitualmente las musas viven en el dolor.

Realmente, cuando nuestro corazón sufre, alberga una alta capacidad de creación, atesora muchas cosas que exteriorizar y necesita vaciarse. Por eso muchas creaciones tienen sus orígenes en el dolor de su creador.

Cuando algunas personas están sufriendo y me preguntan lo que pueden hacer con su dolor, suelo responder que lo inviertan en ocuparse en cosas que les guste hacer, como en escribir, en pintar, en escuchar música, en cocinar, en averiguar que sienten, exploren y encuentren el tiempo para hacerlas.

Los dolores más intensos que he vivido y que he sanado han sido dolores de rupturas, desamor, separaciones y duelos. Dolores emocionales ocasionados por cualquier tipo de perdida.

Y todos ellos me han ido mostrando que a través de vivirlos, se abren en todos puertas de comunicación con nuestras verdades más profundas.

Cada persona que se zambulle en un hondo dolor, mientras está sufriendo no tiene la capacidad de vivir en la mentira. Desde el dolor aparece para cada uno la verdad de quién es. Puedes incluso sumergirte un poco más y averiguar de donde vienes y hacia donde te quieres dirigir a partir de ese momento.

Es un poco decepcionante pensar que sacamos lo mejor de nosotros en las situaciones más complicadas.

Lo más complicado aún, para quien me pide ayuda, es aprender a utilizar el dialecto que le tiende su dolor y seguir su vida a partir de él.

Lo que sí entienden es que el dolor está, porque sienten sus garras enganchadas profundamente, pero ni lo asimilan ni encuentran la manera de comunicarse a través de él.

El dolor es incomprendido y muchas veces desatendido e ignorado, pero vivirlo es algo necesario en todas las situaciones que se presenta, para su sanación y superación.

En estas ocasiones, si no soy capaz de ayudar o de hacer captar mi mensaje, siento una gran impotencia y la sensación de que mi interlocutor está viviendo una perdida por partida doble.

Por una parte, la ausencia de lo que han perdido, por otra la gran privación que advierten al alejarse o perder la verdad y la experiencia que contiene el acontecimiento que están viviendo.

Se sienten perdidos, igual que me he sentido yo en muchas ocasiones, a todos nos ocurre.

Intento calzarme sus zapatos, no obstante en gran medida, si las circunstancias son demasiado pesadas no poseo esa capacidad.

Igualmente, les invito a conversar con sus dolores, para que sientan que es posible una comunicación.

Intento que comprendan que aunque la comunicación puede parecer que es solamente en una dirección, y piensen que no van a recibir una respuesta por parte del dolor, podrán ir suavizando sus efectos. Ya que no pueden escucharlo, pueden reconocerlo aunque aparentemente no les llegue una respuesta.

Lo normal es que casi nadie tenga la capacidad de comunicarse con la verdad que nos ofrecen nuestros dolores, cuando estamos inmersos en ellos es muy difícil. No tenemos el alcance de ver más allá del propio dolor.

Seguramente la razón sea que queremos darnos una explicación y también que esa explicación nos ayude a que el dolor se aleje.

A pesar de que desearíamos no tener que vivir dolor, pero él forma parte de la vida, no hay que eludirlo cuando inevitablemente aparece, hay que vivirlo para poder superarlo, las prisas impiden una superación auténtica.

Por más que busquemos una explicación, hay cosas que son de difícil interpretación, quizás una buena manera sea intentar silenciar las que nos ofrece nuestra mente frente al dolor.

En estas situaciones, creo que deberíamos escuchar más a nuestro cuerpo y dejar a un lado lo que nos envía nuestra mente.

¿Qué te dicen tus entrañas?, tus vísceras, tus incomodidades, tus emociones, tus anhelos.

¿Qué nos querrán transmitir los sinsentidos de las perdidas?, la contrariedad frente a la evidencia y sobre todo el vacío interior.

Yo creo que escuchando los mensajes nos podemos comunicar directamente con nuestra conciencia. Ella no tiene doctrinas, ni normas, ni explicaciones.

Ella se comunica mediante música, o poesía, o danza, o imágenes, o colores. Gracias a nuestra conciencia, el dolor permite que las musas se acerquen a nuestra vida.

Puedes reconocerlas y permitir que se expresen primero a través de lágrimas que alivien el peso.

Las lágrimas acercan belleza a la vida, limpian los ojos y refrescan el corazón.

También pueden manifestarse mediante profundos aullidos que exterioricen nuestros parajes salvajes, nuestra fuerza primitiva.

Después de una explosión así, probablemente seas capaz de llegar a tu artesano interno, pintar el mejor cuadro de tu vida, imaginar los más adecuados colores, los tonos más conmovedores para tu pintura. La belleza que pueden manifestar tus manos a través de un trozo de barro… la más bella escultura. El poema más emotivo, o la reflexión más acertada…

El dolor es vida, cuando vives sientes, cuando amas sientes aunque pierdas.

El dolor hay que vivirlo, es el que revela que vives, y para ganarle la partida tienes que experimentar también el placer de vivir una superación mediante la aceptación y el amor.

Míralo así es un privilegio, hay que saber utilizar los dones que nos ofrece para entender.

Debemos aceptar nuestro propio dolor, escucharlo, abrazarlo. Dejarlo viajar desde nuestro corazón a nuestra conciencia y de allí a nuestra creatividad, a nuestra verdad. Él sabrá manifestarse en las más bellas obras.

Mis dolores y mis perdidas me han ayudado a reconciliarme con mis musas, y ellas son las que hoy me ayudan a escribir. Aumentan mi forma apasionada de sentir y provocan que se desate mi salvaje creatividad.

A través de mis reflexiones, de mis poemas o mis pinturas, de mis confecciones o tejidos, sana mi corazón.

El dolor habla desde la creatividad.

Cuando pongo mi corazón en juego, cuando me dejo llevar por sus lamentos guardados, compruebo que somos más fuertes de lo que pensamos.

Todo ello ayuda a que mis musas posean mis manos.

Ellas tienen en sí el poder de la palabra, del lenguaje, de la imagen, de la música y la letra, de la danza, del sonido ancestral, de toda expresión sublime que tenga escondida cualquier persona.

Las musas nos acercan a nuestras facetas más divinas de manifestar, son las representaciones de las facultades creadoras de nuestras verdades.

Las amo, amo a mis musas aunque lleguen desde el dolor, son mi quintaesencia. Son las ninfas que me ensamblan con mi parte divina.

Ya lo he dicho en alguna ocasión, para mí, mis creaciones tienen un tinte mágico, sobrenatural.

Hay ocasiones en las que no puedo explicar como llegan a mis manos, a mi imaginación.

¿Quién será que trae a mi vida su regalo infinito… la inspiración?

No obstante si estudiamos a las musas en su orígenes, podemos decir de algunas de ellas que son monstruosas y demoniacas…

Quizás por eso vivan en el dolor, en nuestro dolor, en nuestras heridas y cicatrices, en perdidas, separaciones, accidentes, enfermedades … En las paredes vacías por la ausencia.

Los grandes artistas han fabricado su mejor arte desde los abismos.

Pero igualmente puedo decir que quizás no todas vivan en el dolor. Sin embargo, el dolor las puede rescatar, a veces, de los torreones que separan lo humano de lo divino.

Puede haberlas que vivan en el placer, separadas de la oscuridad profunda de nuestros abismos.

Lo siento así porque a veces noto que mis musas se alejan cuando hay dolor, por lo tanto, defiendo también esta postura.

Sin embargo, donde tengo claro que no viven en en la monotonía o en las vidas plenas. Ellas viven en los extremos, en las pasiones.

Si te paras a pensarlo la felicidad absoluta no necesita testigos.

Cuando sientes demasiado, cuanto tu emoción está exaltada, no deberías confiarle tus secretos, escóndelos en tus obras. No es responsable mostrarlos abiertamente.

Siempre me ha ocurrido que necesito escribir, o pintar cuando me siento mal, y eso no es sencillo, ni hermoso, pero es creativo, y quizás la hermosura pueda viajar de regreso.

Se pueden necesitan muchos ensayos, o pedazos rotos de corazón o sentimientos hechos añicos, dejados atrás antes de que la obra vea la luz.

Cuando los pedazos están en el suelo, tranquilos y en silencio, es cuando se pueden recomponer y componer a través de ellos.

Hay días en los que escribir es imposible, porque en mi interior hay una monotonía insufrible, una apatía y una desgana que desaparecen cuando renuncio a escribir, o a preparar un lienzo.

Mis musas son traviesas y cuando logran que renuncie es cuando hacen acto de presencia.

Cuando esto ocurre me pregunto ¿por qué?

¿Por qué aparecen en la madrugada, o en la cola del mercado, o cuando estás en el gimnasio haciendo meditación?

No sé por qué en esas circunstancias, me tiran de la solapa y quieren que les preste mi atención.

Por momentos, no me dejan ni respirar, no dejan de molestarme hasta que me deshago en un poema, o hasta que viajan a mis dedos escribiendo una reflexión.

Pero son tan frágiles como pesadas, y de un momento a otro se deshacen entre mis dedos y vuelta a la oscuridad.

En otras ocasiones en las que mi ego las mima sin resultado, ellas mandan.

 

¡Habitan agazapadas en lugares recónditos de mi interior, me conocen casi más de lo que yo las conozco a ellas!

¡Viven en las curvas y rincones de mis laberintos internos!

 

 

 

¡Namasté!

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